El virus de la estupidez Sergi Pàmies

Otoño e invierno suelen ser estaciones propensas a toda clase de contagios. Bacterias y virus arrasan con todo y se propagan entre el personal con una facilidad demoledora. Todas las medidas que se puedan tomar son paliativas, pero la ciencia aún no he encontrado el modo de acabar con estas plagas. Ante el fenómeno, la mayoría actúa con una sabia naturalidad: incluyen la posibilidad de resfriarse o enfermar en sus previsiones, llevan pañuelo, se vacunan y evitan, en la medida de lo posible, las corrientes de aire. Existe, pues, un diálogo implícito entre el agresor y el agredido en el que este último admite su debilidad aunque, al mismo tiempo, intenta reducir las secuelas.
Sin embargo, hay otro tipo de plagas, que castigan la humanidad durante las cuatro estaciones, contra las que no existe ni vacuna ni medidas domésticas. Me refiero a la estupidez, este potentísimo virus humano que, año tras año, muta en distintas y dañinas cepas. Hay que andarse con cuidado. Algunos lo adoptan genéticamente y son, sospecho, los más felices. Ser genéticamente estúpido te libera de cualquier responsabilidad. Puedes echar la culpa de tu mal a tus progenitores y procurar llevarlo con cierta dignidad, deseando que tus hijos consigan librarse de sus perniciosos efectos, rompiendo la cadena hereditaria. Lo peor es nacer sin ser estúpido y, con el tiempo, ir adoptando la tontería como una metodología existencial. Así como el resfriado manifiesta sus síntomas enseguida, y te permite darte cuenta de tu estado a través de espectaculares estornudos y alarmantes aumentos de mucosidad, la estupidez es mucho más sutil. Se infiltra en tus costumbres, deja huella en tu manera de analizar las cosas, reboza tus comentarios y, lentamente, se va apoderando de tu disco duro cerebral hasta convertirte en un redomado tonto.
Taylor Cadwell escribió: “He notado cuán seguros de sí mismos están los tontos, y cuán llenos de dudas los sensatos”. Siguiendo esta inteligente observación, podríamos deducir que la duda es una forma de vacunarse contra la estupidez. Pero, como en todo tratamiento, necesitamos conocer la dosis para aspirar a una curación probable. El tratamiento Cadwell sugiere que dudemos en una proporción inteligente, y eso implica no paralizarnos ante cualquier situación, ya que eso podría confundirse con otra forma, más patológica todavía, de estupidez. Lo que sí es cierto es que la seguridad en uno mismo, tantas veces aplaudida por la moral productiva imperante, no siempre responde a una valentía doméstica digna de ser imitada. Y no hay que confundir esa seguridad con la virtud de mostrarse decidido en según qué situaciones o firme ante la adversidad. La seguridad a la que se refiere Cadwell es la de los que afirman por afirmar, repitiendo algo que han escuchado y asimilado sin pasar por todos los filtros internos que deberíamos activar ante cualquier certeza. Se refiere a la seguridad de los que expanden, a veces hasta la náusea, tópicos y tópicos que debilitan, afean y corrompen la existencia colectiva. Se refiere a la seguridad de los que nunca ponen en duda nada que cuestione un supuesto estado de las cosas, a los que, para no hacer el esfuerzo de dudar y trabajar sobre diversas hipótesis de futuro, se aferran a la costumbre con la más indecente de las perezas. Se refiere a la seguridad del que confunde mostrarse seguro con haber madurado, de quien se disfraza de adulto sin haber aprobado ningún examen íntimo ni con su infancia, ni con su adolescencia ni con su juventud.
Por mi tono, podría interpretarse que siento una profunda animadversión por la estupidez. No es así. Cuando se manifiesta en su máximo esplendor, la estupidez puede convertirse en un espectáculo incomparable. El cineasta Claude Chabrol, que se caracteriza por sus películas inteligentes y complejas y por la facilidad con la que retrata las psicologías humanas más laberínticas, dijo en una ocasión: “La tontería es infinitamente más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites, la tontería no”. Es una reflexión muy interesante, ya que describe el estupor de quien, incapaz de compartir los vicios y costumbres de la estupidez, se resigna a admirarla desde la barrera, desde esa distancia que permite comprender sin empatizar. Pero lo cierto es que, como dice Chabrol, un estúpido seguro de sí mismo, soltando obviedades como si fueran aforismos dignos de pasar a la posteridad, revolcándose en su propia tontería, puede constituir un espectáculo fascinante. Fascinante y peligrosamente contagioso.

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Una respuesta a El virus de la estupidez Sergi Pàmies

  1. WebPage dijo:

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